Un Testimonio de Conversión

Queridos hermanos en Cristo Jesús, mi nombre es Ana, y soy, al igual que ustedes, hija amada por Dios.  En estos días me han sucedido muchas cosas maravillosas que provienen de la Gracia de Dios y que muchos años atrás no me imaginaba si quiera que podría merecerlas, pues vivía en total tiniebla, hasta que Dios con su gran amor e infinita Misericordia me devolvió a la Luz.  Por ello me siento comprometida en compartir con todos mi testimonio.

En mi adolescencia fui una joven normal con las ilusiones y los sueños que todos experimentamos a esa edad, pero pronto me entregué a los placeres que, entre comillas, nos ofrece el mundo del pecado y en desobediencia a mis Padres me lancé a la vida matrimonial muy joven sin experiencias y con la persona menos indicada, como era de esperarse, vino el fracaso y quede siendo madre soltera con una hija de 3 meses de edad.  Después de 2 años, tratando de buscar estabilidad emocional para mi hija y para mí, me volví a casar, nuevamente con la persona equivocada y lo peor, sin sentir verdadero amor, de allí nació mi segundo hijo y a los dos años de matrimonio llegó la ruptura inminente.  A partir de ese momento, y aunado a la irreparable pérdida de mi madre, empezó mi vida tormentosa, pues me encontraba alejada de Dios, era una católica de las que van de vez en cuando a misa, no conocía casi nada de la Palabra de Dios, no oraba como debía ser, en fin, Jesús no estaba en mi diario vivir, por lo que me tocó bregar muchísimo, pasando todo tipo de dificultades, propias de una madre soltera. Continué dando tumbos. Buscaba una nueva oportunidad de formar una familia normal, por lo que cerré con broche de oro mi escenario tormentoso, teniendo una relación por casi seis años con un hombre casado, pareja con la cual tuve mi última hija. Durante este tiempo no me daba cuenta el daño emocional y moral que estaba ocasionando, principalmente a mis hijos, a otras personas y a mí.  Hasta que un día, sentí asco y repugnancia de todo a mi alrededor.

Dios, silenciosamente, siempre seguía a mi lado, pero yo no lo reconocía, mas Él continuaba esperando mi llamada de auxilio.  Finalmente, cuando creí todo perdido, me acerque un poco más a Dios y le pedí ayuda, poco después conocí al compañero con quien he compartido los últimos 13 años de mi vida, quien me supo valorar y comprender, a pesar de no tener mucho en común.  A su lado pude brindarles a mis hijos un poco de estabilidad, después de tanto desorden.  El tiempo transcurría y yo sentía que algo faltaba, me sentía en deuda con mi Dios, por todos mis pecados y un día mi vecina y hermana en Cristo Jesús me invitó a participar de un taller de Oración y Vida del Padre.  Allí experimenté un primer llamado de Jesús.  Pues a la segunda semana del taller decidí no regresar, porque me parecía aburrido y poco motivador, para ese entonces no reconocía mi pobreza espiritual, lo cierto es que en la mañana del día que tocaba el taller le dije a Papa Dios que no iba  a ir, pero que me comprometía en leer la Biblia, así que me dispuse y abrí al azar una página. ¡Oh Dios Mío!, hermanos todavía me erizo, el Señor me habló fuerte pero con mucho amor, no recuerdo exactamente dónde y textualmente lo que decía, pero me dijo: Estoy tocando a tu puerta y no me quieres abrir, déjame mostrarte mi luz, no sigas en las tinieblas, hermanos, yo quedé estupefacta y muy asustada, así que inmediatamente le pedí perdón  y regresé al taller, en donde aprendí mucho sobre lo maravilloso que es nuestro Dios y cómo orarle.  Más tarde, felizmente, fuimos invitados todos los participantes del taller a una reunión en donde unos hermanos  nos vendrían a invitar a formar parte de un grupo de Oración llamado “Apóstoles de Jesús y María”, Bendito sea Dios, he allí mi segundo llamado, desde el primer momento me gustó, así que asistía puntualmente y poco a poco el Señor me fue enamorando, cuando cumplimos un año de haber iniciado, me remordía la conciencia porque yo no había cumplido con uno de nuestros cinco puntos básicos, la Confesión, en verdad  sentía temor de hacerlo frente a un sacerdote.  Entonces, después de nuestra Asamblea anual en Boquete en agosto de 2007, tomé fuerzas y confiando en el gran amor e infinita misericordia de nuestro Padre Dios, regresé decidida a cumplir con ese bendito sacramento, de manera que me preparé como cuando hice mi primera comunión, pues honestamente les informo que tenía más de 20 años que no me confesaba, ya que como muchos católicos decía y pensaba que no hacía falta decirle los pecados a un sacerdote, porque para eso estaba Dios, pero en realidad era una excusa para esconder la basura que hay detrás de nosotros. Pues bien, he allí mi verdadero encuentro personal con Jesús.  Mis hermanitas del grupo de oración me animaban y un viernes me dispuse, pero antes me arrodillé ante El Santísimo y le pedí que me pusiera un sacerdote, como si fuese Jesús, también invoqué a Padre Pío (gracias a las buenas orientaciones de mis hermanitos Apóstoles de Jesús y María me interesé en conocer la vida de uno de nuestros Patronos, después de hacerlo, lo admiro muchísimo y siempre lo invoco) y también le pedí a nuestra Madre María que me acompañara.  Hermanos, Bendito sea Dios, cuando ingresé al cubículo estaba nuestra Santísima Madre María en bulto, bien grande con las manos extendidas, y esa mirada tierna, y he empezado a llorar que no podía parar, pero era algo que venía de adentro, no lo puedo explicar, lo cierto es que el sacerdote, como si fuese el mismo Jesús me abrazó fuertemente y me dijo:  “Hija no temas, Dios te ama y te acepta y te perdona tal y como eres, tu eres su hija amada”, fue entonces cuando pude expulsar todo, Gloria a Dios, que maravilloso es estar en paz con tu conciencia y sentirse perdonada por Dios.

Queridos hermanos, después de mi confesión, cada vez que iba a misa, en el momento de la Eucaristía lloraba, pues sentía que a pesar de recibirlo espiritualmente, mi alma ansiaba recibirlo en el Bendito Sacramento de la Comunión, pero me lo impedía el hecho de no estar casada, así que me dispuse ponerme en sus manos y humildemente le pedía, que si era su voluntad, me ayudara a lograrlo.  Algunas veces, pensé y le manifesté a mi compañero que ya que él no deseaba casarse conmigo, yo tendría que separarme, porque sentía que en esa situación estaba faltándole a mi Señor y yo no quería apartarme de este hermoso caminar. Y así también le daba a él la oportunidad de formar una familia con otra persona, por cuanto yo no puedo darle hijos.  Su respuesta siempre era, que me amaba y que el matrimonio no hacía falta y que si hasta ahora habíamos estado bien, por qué no seguir así. Pero, hermanos, cuando dejamos que Dios tome control de nuestras vidas, no hay poder que se le iguale, pues nada es imposible para Él y así, para finalizar mi testimonio, les comparto que mi compañero de 13 años de unión libre decide, de un momento a otro y voluntariamente que nos casemos y el 12 enero de este año recibí la Bendición de Dios frente al altar, GLORIA A DIOS.  Si observan, sólo pasaron 2 meses después de mi confesión.  Todo ha sido una cadena de acontecimientos hermosos, en donde Dios me ha regalado su gracia y bendición.  Bendito y Alabado sea mi Dios.  Hoy más que nunca me siento comprometida en testimoniar, porque siento que, a través de él, puedo ayudar a muchos hermanos que como yo han sentido que no hay nada que hacer y que todo esta acabado. Pero, definitivamente, es allí donde Dios con todo su amor, misericordia y poder te acoge en sus brazos y te muestra la luz, esa luz que borra toda tiniebla hasta llevarte a reposar en esa paz que sólo Él nos sabe dar.  Hermanos, en verdad no encuentro las palabras adecuadas para expresarles lo que yo sentí el momento en que yo formaba parte de esa fila de hermanos que iban a participar del Cordero de Dios, sólo Jesús sabe cuanta emoción, como palpitaba mi corazón a cada paso que avanzaba cuando me acercaba a recibirlo en ese pedacito de pan, Dios Mío, GRACIAS PADRE CELESTIAL, quien soy yo Señor para que me ames tanto, ¡Oh Padre!, no soy digna de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. En verdad me has sanado, te amo Señor, ayúdame a no apartarme de ti nunca más.

Bueno, queridos hermanos, gracias por permitirme compartirles mi testimonio y les pido que se unan a mi en oración para agradecerle a Dios todas las maravillas que ha hecho en mi,  y pedirle bendiciones para mi esposo, mis hijos y toda la familia y que todo sea para su gloria, Amén.    ABRAZO DE GRACIA Y PAZ Y MUCHAS BENDICIONES.

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